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La silla de Zoila, banca número cuatro

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Tenía setenta y un años cuando salí por primera vez, desde que enviudé, a las fiestas patronales de Corpus Christi en el sur de Los Ángeles yo sola, con mi propia silla plegable bajo el brazo. Mis rodillas ya no aguantaban dos horas de pie en la plaza, así que me compré esa silla en la Home Depot de la Avenida Slauson, por unos veinticinco dólares, y no me arrepentí ni un centavo.

La puse bajo un jacarandá, justo en la esquina donde suele entrar el desfile con los camiones de bomberos voluntarios y la banda de música de la parroquia. Del termo salía el olor a café de olla, el mismo que preparaba mi mamá, aunque en la tiendita de la esquina ya solo venden cápsulas para esas máquinas modernas. Un piso más arriba, en la ventana de un dúplex, alguien tendía sábanas, y de una radio salía una vieja canción de Vicente Fernández.

No habían pasado ni veinte minutos cuando una mujer más o menos de mi edad se paró junto a la banqueta, con una silla de playa en la mano y dos nietas prendidas de su falda. Miraba para todos lados, como buscando aunque fuera un pedacito de sombra.

Me paré antes de pensarlo dos veces.

—Tome la mía.

—Ay no, cómo cree, yo no puedo…

—Insisto.

Se rió y me dijo que entonces teníamos que compartirla. Durante la siguiente hora nos fuimos turnando, y sus nietas, Julia y Adela, gritaban de emoción cada vez que pasaba otra carroza adornada o un caballo con corona de flores. Cuando terminó el desfile, la mujer cerró su silla y me tendió la mano.

—Zoila. Zoila Campos.

—Cristina Barrón.

—Qué gusto compartir silla con usted.

—Qué gusto compartir el desfile.

Ahí pudo haber quedado todo. Y habría quedado, si el sábado siguiente no hubiera ido al mercado sobre la Avenida Whittier por papitas nuevas y pepinos. Alguien gritó mi nombre. Volteé —era Zoila, saludando desde una mesa frente al puesto de elotes.

—Ya le aparté lugar.

Nos sentamos, pedimos cada quien un café de máquina por un dólar cincuenta y platicamos casi hora y media. Me contó de sus nietas y de su hijo, que se había ido a trabajar a Fresno y le llamaba una vez por semana. Yo le conté que, ya jubilada, había aprendido a hacer pan de masa madre porque los nietos no querían comer el del supermercado. Intercambiamos recetas, anotadas en hojitas arrancadas de un cuaderno de cuadritos.

El sábado siguiente Zoila me llamó y me invitó a un concierto gratis en la plaza, organizado por el centro comunitario.

—Yo llevo las sillas.

—Yo llevo el agua de horchata.

Y así se quedó. Ella siempre se acordaba de las sillas, yo siempre empacaba algo de comer. Con el tiempo empezamos a reconocer las mismas caras en cada evento del barrio: el matrimonio que nunca se perdía los conciertos de los viernes, un bombero jubilado con la misma gorra, un adolescente que ayudaba de voluntario en cada festival.

Una tarde Zoila miró a su alrededor en la plaza y dijo:

—Deberíamos sentarnos todos juntos.

El viernes siguiente llegamos temprano y trajimos varias sillas de más. Nos acomodamos más cerca del templete que de costumbre —justo donde, desde hacía meses, ponía su silla don Eduardo, un viudo solitario que vivía cerca de la fábrica de conservas. Cuando llegó y vio nuestras sillas en "su" lugar, se quedó parado, con la silla bajo el brazo, sin decir nada.

—Siéntese con nosotras —dijo Zoila, haciéndole espacio.

—Yo siempre me siento solo aquí.

—Pues hoy va a ser diferente.

Dudó un momento, como si eso le fuera a costar más que una silla. Al final se sentó en la orillita, tieso, con la silla plegable sobre las rodillas. Durante los primeros quince minutos del concierto no dijo ni una palabra. Hasta que la banda tocó algo que evidentemente conocía, empezó a tararear por lo bajo, y luego, sorprendido de sí mismo, nos dijo que la última vez que había estado acompañado en un concierto fue quizás antes de que muriera su esposa.

Desde entonces siempre le guardábamos un lugar.

En el verano nos agarró varias veces un aguacero repentino que corría a la gente de la plaza hacia los portales. Una vez todo nuestro grupo esperó el chubasco bajo el toldo de una tienda, apretados, con las sillas plegadas bajo el brazo, y alguien empezó a bromear que la Banca de la Amistad sobreviviría hasta una inundación. Otra vez cancelaron el concierto por completo, y aun así nos quedamos ahí, abriendo los termos, porque —como dijo doña Elena— sería un desperdicio irse ya que nos habíamos juntado.

Para cuando terminó el verano, nuestro grupo se había convertido en algo que la gente empezaba a buscar. Alguien siempre traía conchas de la panadería de la calle Cuarta. Otro empacaba agua embotellada. Una maestra de música jubilada nunca se le olvidaba la baraja para los niños, antes de que empezara el concierto. Nadie le asignaba tareas a nadie. Simplemente pasaba así.

Cuando llegó el otoño, la ciudad organizó una feria de la cosecha en la plaza —pacas de heno, calabazas, puestos de miel y elotes. Zoila y yo llevamos nuestras sillas como siempre. Esta vez ya varios conocidos nos habían apartado lugar.

—Casi llegan tarde —bromeó alguien.

—Nomás cinco minutos —me reí.

Durante el festival se acercó un niño, tal vez de siete años, cargando una calabaza casi tan grande como él. Se veía muy cansado.

—Puedes usar mi silla un ratito —dijo Zoila.

Se sentó, abrazó la calabaza contra el pecho y suspiró aliviado. Cinco minutos después siguió su camino, orgulloso, con su tesoro.

Al final del día alguien dijo en broma que esas sillas merecían un nombre. Después de varias propuestas chistosas, una de las mujeres, doña Elena del barrio de Boyle Heights, sugirió: "Banca de la Amistad". El nombre se quedó. Desde entonces la gente preguntaba: "¿Hoy se arma la Banca de la Amistad?" —y todos sabían de qué se trataba.

El invierno acabó con los conciertos al aire libre. Pensé que nos volveríamos a ver hasta la primavera. Pero Zoila me llamó.

—¿Y si nos vemos los viernes en el centro comunitario?

—¿Para qué?

—Para nada en particular.

Así que empezamos. A veces jugábamos lotería, a veces armábamos rompecabezas, a veces nomás tomábamos café y platicábamos. La noticia se corrió. Cada mes se sumaba alguien nuevo del barrio. Un viernes, un señor, don Wenceslao, admitió en voz baja que era la primera tarde, desde que se había mudado a la ciudad, que pasaba tiempo con alguien.

—Me da gusto haber venido.

—A nosotras también nos da gusto —contestó Zoila.

En el siguiente desfile llevamos bastantes más sillas de las que necesitábamos. Los que pasaban se detenían con una sonrisa.

—¿Esta es la Banca de la Amistad?

—Así es.

—¿Podemos sentarnos?

—Agarren una silla.

Viendo a los niños reírse juntos y a los abuelos intercambiar anécdotas, me di cuenta de que ya nadie recordaba quién se había sentado primero, ni dónde.

Antes de que arrancara el desfile, se acercó el alcalde con un pequeño reconocimiento en la mano. Se lo entregó a Zoila, le estrechó la mano y solo dijo:

—Mantengan el café calientito en esos termos, porque la gente va a seguir volviendo.

Aplaudimos, un poco apenados. Zoila se inclinó hacia mí, sopesando el papel en la mano como algo que estaba a punto de entregarle a alguien más.

—Habrá que buscarle un lugar en la pared del centro comunitario.

Esa primavera, dos años después de nuestro primer encuentro bajo el jacarandá, Zoila se enfermó. No quedó claro de inmediato qué tan grave era. Empezó cuando dejó de traer las sillas —alguien más tuvo que empacarlas en su lugar. Después dejó de venir a los viernes en el centro comunitario. En mayo la visité en el hospital del condado, en un cuarto de cuatro camas donde por la ventana se veía el estacionamiento y un pedazo de la autopista.

Me senté junto a su cama con un termo del mismo café de olla que tomábamos bajo el jacarandá, y le recordé lo del niño con la calabaza.

—¿Te acuerdas cuando lo sentaste en tu silla?

Sonrió apenas.

—Siempre había alguien que la necesitaba más que yo.

Se fue en junio. Al funeral, en el cementerio de la calle Whittier, llegaron más de cuarenta personas de la Banca de la Amistad —con sillas, porque así lo habíamos acordado sin necesidad de palabras. Las acomodamos en círculo alrededor de la tumba, igual que siempre hacíamos en la plaza.

El hijo de Zoila, el que vivía en Fresno, vino al funeral y después de la ceremonia se acercó a mí con una bolsa de plástico, dentro de la cual estaba su vieja silla plegable, desteñida —la misma del primer desfile.

—Mi mamá dejó una notita de que esto era para usted.

Abrí la bolsa. En el respaldo, con pluma, estaba escrito de su puño y letra: "Para Cristina. Para que siempre haya a quién dársela."

No lloré entonces, aunque debí haberlo hecho. En cambio, manejé directo del cementerio al centro comunitario, donde era nuestra reunión de los viernes —porque así lo habíamos quedado con doña Elena una semana antes, que la Banca de la Amistad no podía dejar de existir, ni siquiera por un viernes.

Llevé conmigo la silla de Zoila. La puse en el lugar de honor, junto a la ventana, y les dije a todos los presentes que de ahora en adelante esa silla sería para cualquier persona nueva que llegara por primera vez —para que nunca tuviera que quedarse parada en la puerta, preguntándose si había lugar para ella.

Esa noche llegó una mujer nueva del barrio, doña Bárbara, que hacía poco había enterrado a su esposo. Se quedó parada en la entrada, insegura. Le señalé la silla de Zoila.

—Siéntese aquí. Este lugar ahora es suyo.

Se sentó, miró alrededor del salón lleno de caras desconocidas y por un momento no dijo nada, solo alisaba con las dos manos los pliegues de su falda sobre las rodillas, como buscando algo de dónde agarrarse.

—No sabía que me hacía falta esto —dijo por fin, en voz baja.

Hasta hoy, cuando meto las sillas a la cajuela de mi viejo Buick antes de cada evento en el barrio, siempre llevo dos de más. Una de ellas la pongo siempre en la orilla del círculo, más cerca del camino, para que quien vaya pasando pueda verla enseguida.

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