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Clara dio un paso atrás, soltando el ramo de rosas que impactó contra el mármol. El rostro de Mateo se tornó gris, como el de un muerto

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Clara dio un paso atrás, soltando el ramo de rosas que impactó contra el mármol. El rostro de Mateo se tornó gris, como el de un muerto.
—¿Qué locura es esta? —exclamó Clara, mirando a los ojos de los invitados—. ¡Saquen a esta niña de aquí! ¿Mateo, de qué habla esta mocosa?

Mateo intentó articular palabra, pero la garganta se le cerró. Fue en ese instante cuando Doña Elena, que observaba la escena petrificada desde la primera fila, fijó la vista en el cuello de la pequeña. Allí, colgado de un hilo de pescar gastado, brillaba un viejo relicario de plata con la figura de la Virgen de la Macarena. Un relicario que ella conocía demasiado bien. A Doña Elena se le escapó un sollozo seco. Con las manos temblorosas y arrastrando los pies, la anciana se acercó a la niña. Se arrodilló sobre el frío mármol, sin importarle que su vestido de alta costura se manchara, y tomó el relicario entre sus dedos enjoyados.

Al abrirlo, la verdad golpeó el lugar con la fuerza de un rayo. Dentro no había una estampa religiosa, sino la foto recortada de Mateo sosteniendo a una bebé recién nacida en un hospital público. En el reverso, grabado a mano con la caligrafía de Sofía —el primer amor de Mateo, a quien Doña Elena había echado del pueblo años atrás— se leía una palabra: “Tuyo”.

—No puede ser… —susurró Mateo, cayendo de rodillas también—. Mamá… tú me dijiste que Sofía había perdido al bebé… Tú me juraste por lo más sagrado que el embarazo se había interrumpido y que ella se había ido a la capital con otro…

La catedral quedó en un silencio tan sepulcral que solo se escuchaba el llanto ahogado de Doña Elena. La anciana bajó la cabeza, aplastada por el peso de su propio pecado.
—Peróname, hijo… —confesó Doña Elena entre lágrimas, frente a la mirada horrorizada de todos sus amigos—. Sofía era una humilde costurera… no era mujer para ti. Pensé que estaba protegiendo tu apellido, tu carrera, tu vida… Le pagué para que se fuera y te dije esa mentira para que no la buscaras. Dios me perdone, la soberbia me cegó.

La niña, asustada por el llanto de los adultos, se encogió abrazando más fuerte a su muñeco de trapo.
—Mi mamá se fue al cielo la semana pasada… —susurró la pequeña con timidez—. Pero antes me dio la Virgen y me dijo: “Busca al hombre de la foto. Él curará tu frío”. ¿Estás enfadado conmigo por venir?

Mateo miró a Clara, quien lo observaba con una mezcla de asco y desilusión, lista para huir de ese escándalo. Luego miró a su madre, la mujer que idolatraba y que resultó ser la arquitecta de su peor desgracia. Y finalmente, miró a la niña. Esos ojos eran los suyos. Esa sangre era la suya.

Con los ojos inundados de lágrimas, Mateo se quitó la costosa chaqueta del esmoquin y la tiró al suelo, renunciando en ese acto a la farsa de boda y a las apariencias que casi le cuestan el alma. Se acercó a la pequeña, la tomó en brazos y la pegó a su pecho, sintiendo sus pequeños latidos.
—No, mi amor, no estoy enfadado —le susurró al oído, mientras la besaba y la limpiaba con sus propias manos—. Perdóname tú a mí… por haber tardado tanto en encontrarte. Vámonos a casa.

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